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El conselling y el duelo

En este segundo número vamos a centrarnos en describir qué es el duelo y cómo afecta en la población adulta. Dejaremos para otra edición de la Revista por el amplio tema que abarca, el duelo en niños, teniendo en cuenta sus distintas fases evolutivas.

El counselling dentro de la plataforma psicológica telefónica que brinda Psya Asistencia, puede ser el marco de intervención idóneo ante el duelo. Es un espacio donde el llamante puede expresar sus emociones y sobre todo, normalizar lo que le está ocurriendo. Parte del dolor expresado viene a consecuencia de la incomprensión de lo que les está sucediendo tanto física (cansancio, dormir mal, comer poco o en exceso, etc.) como cognitiva (desorientación, estado de shock en los primeros momentos, etc.) y emocionalmente.

¿Qué es el duelo?

El duelo es un proceso emocional que atraviesa una persona tras sufrir algún tipo de pérdida.

Estas pérdidas que ponen en marcha el proceso o trabajo del duelo pueden referirse a:

  • Pérdida o muerte de seres queridos.
  • Pérdidas de aspectos de uno mismo: relacionadas con los roles que desempeña la persona a nivel social y familiar (un despido, la jubilación, un divorcio), o bien con las facultades físicas y psicológicas (amputación de una parte del cuerpo).
  • Pérdidas de objetos externos (pérdida del trabajo, incendio en la vivienda, etc)
  • Pérdidas de objetivos, ideales e ilusiones.

El duelo es un proceso normal, es un proceso que hace referencia a las reacciones psicológicas, físicas y sociales normales y esperables que se experimentan tras una pérdida. El duelo no es una enfermedad. Además, es esperable y, aunque puede compartir alguna sintomatología con los trastornos depresivos o de ansiedad, no
podemos hablar de depresión, sino de reacciones psicológicas del duelo.

El duelo no es estático, es un proceso en movimiento que implica cambios en el estado físico, psicológico y social del doliente. Es normal que se experimenten altibajos, idas y venidas, porque el duelo no es un proceso lineal, las emociones pueden ser más o menos intensas y todo ello entra dentro de lo esperable. En el
duelo no se sufren recaídas, no se “va hacia atrás”, es un proceso dinámico donde cada persona lo experimentará de diversa forma. El proceso de duelo varía en función de cada individuo. Estas variaciones dependerán de cada persona, de su personalidad, su edad, así como de la relación que mantuviera con la persona
fallecida, o los apoyos sociales y familiares que pueda recibir. Toda pérdida conlleva un trabajo de duelo. No es algo que nos venga dado, sino que requiere una elaboración personal. Algunos autores como Worden y que describiremos en otro apartado, se refieren a las “tareas del duelo” siendo estas una serie de actividades que impliquen a la persona como agente activo.

Fases del duelo

El objetivo de hablar de fases es útilmente descriptivo tanto para el llamante como para el profesional que está en la otra línea.

Hay una variabilidad considerable en las emociones experimentadas por los dolientes (tanto en la secuencia de las mismas como en su intensidad).

Parkes describe el proceso de duelo a través de las cuatros fases resumidas a continuación:

  • Desconcierto y embotamiento. Es muy común y se caracteriza por sentimientos de irrealidad (por ejemplo, “no puede ser cierto”). En principio, es un elemento de
    protección ante la gran carga de aversión y puede durar horas o algunos días.
  • Anhelo y búsqueda de la pérdida. Existen episodios de intensa añoranza del fallecido, con tendencia a llorar fuertemente, intercalados con períodos de ansiedad y
    tensión. Sentimientos de rabia, autorreproche, pueden aparecer ataques de pánico e hiperventilación (de ahí la importancia de disponer de un teléfono 900 donde un profesional puede ayudar en ese preciso momento en la gestión de los síntomas que se puedan experimentar en el proceso de duelo). Es muy frecuente en esta fase que el apetitito se disminuya, así, se pierde peso, concentración y capacidad de memoria.
  • Desorganización y desesperación. Aparecen largos períodos de apatía y desesperanza junto con pensamientos repetitivos sobre la pérdida. Puede darse aislamiento y ausencia de visión de futuro (viven al día evitando mirar al futuro). En la medida en el que el tiempo pasa, los episodios agudos de pena y desesperación van disminuyendo en frecuencia, aunque pueden volver a surgir en algunos momentos, para pasar a la fase definitiva de reorganización. La duración aproximada de esta fase suele ser de dos a cuatro meses.
  • Reorganización y recuperación. Se reestablece el apetito y se recupera el peso perdido. La persona empieza a mirar al futuro y reconstruir el mundo tal como es ahora.

Como se ha mencionado, cada uno puede experimentar el duelo de distinta manera, es importante tener en cuenta los factores de vulnerabilidad. Aquellas personas que tenga una extensa red de apoyo, no padezcan enfermedad o también dependiendo del tipo de duelo, podrán ajustarse ante la pérdida y no necesitar de ayuda profesional para un posible tratamiento.

De ahí la importancia de poder normalizar lo que se siente y tener la oportunidad de expresarlo como vía de desahogo y no se “enquiste”. Puede suceder que se tenga la percepción de no querer preocupar a los familiares y se tienda a no hablar de ello, los costos que implican este tipo de comportamientos pueden ser más graves a nivel emocional ya que no favorecen una resolución adecuada del duelo.

Dificultades en la resolución del duelo

Las personas con una personalidad bien ajustada y con sentimiento de control sobre su vida manejan mejor el impacto de los acontecimientos vitales estresantes. Por el contrario, aquellas personas con dificultades para expresar sus emociones, inhabilidad para manejar el estrés, poco sentimiento de control y baja tolerancia a la frustración es probable que encuentren más dificultades a la hora de recuperarse de una pérdida.

Del mismo modo que ocurre en la depresión, la escasez de aficiones o intereses dificultará la adaptación a la pérdida de un ser querido.

La realización de actividades agradables resulta esencial para el estado de ánimo. En general, un día en el que hemos realizado acciones que nos resultan gratificantes nos sentiremos mejor emocionalmente que si no lo hemos hecho (por ejemplo, es más probable sentirse más animado un día de vacaciones, habiendo comido en un
restaurante agradable, con buena compañía, haciendo una visita interesante que al quedarse un día en casa frente al televisor y con un programa que no nos gusta).

Tareas del duelo

Worden propone, cuatro tareas básicas:

  • Aceptar la realidad de la pérdida asumiendo que la marcha es irreversible. Algunas de las formas de protegerse ante la muerte de un ser querido son: la “momificación”, es decir, guardando las posesiones del fallecido para ser usadas cuando vuelva, la evitación fóbica de los objetos que recuerden la realidad de la
    pérdida y el espiritismo como forma de búsqueda de la persona fallecida (ouijas, rituales, …).
  • Trabajar las emociones y el dolor de la pérdida. Contrariamente, el desarrollo de adicciones es una forma de bloquear los sentimientos y negar el sufrimiento.
  • Adaptarse a un medio en el que el fallecido está ausente y desarrollar nuevas habilidades.
  • Recolocar emocionalmente al ser querido fallecido y continuar viviendo, teniendo en cuenta que no se trata de renunciar al fallecido, sino de encontrarle un lugar
    apropiado en su vida psicológica que deje espacio a los demás y permita al doliente continuar viviendo eficazmente.

Podemos decir que hemos completado un duelo cuando somos capaces de recordar al fallecido sin sentir dolor, cuando hemos aprendido a vivir sin él o ella, cuando hemos dejado de vivir en el pasado y podemos invertir de nuevo toda nuestra energía en nuestra vida y a aquellos que nos rodean.

 

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